Alina
Despierto con la extraña sensación, casi inquietante en su dulzura, de ser observada desde hace horas no por una presencia hostil, ni por una conciencia familiar, sino por algo que ha elegido permanecer inmóvil, paciente, agazapado justo detrás del velo cambiante de los sueños, en esa zona suspendida donde ya no se sabe muy bien si se sigue durmiendo o si ya se ha regresado al mundo.
Mi primer gesto es instintivo, inmediato: coloco una mano sobre mi vientre. El calor que emana no es solo