A las siete de la noche, Davison regresaba a su casa, corriendo por la larga calle porque acababa de apretar una fuerte lluvia. Llevaba el bolso sobre su cabeza y la espalda un poco encorvada. Se detuvo en seco cuando vio una camioneta de envíos parqueada frente a su casa y un hombre cubierto con un impermeable negro tocaba a su puerta.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó el joven.
—¿Usted es Davison? —inquirió el repartidor.
—Sí, soy yo —respondió Davison.
—Le ha llegado un paquete, estuvimos a