La jornada avanzaba con tranquilidad. Los empleados aún hablaban del emotivo discurso de Eliana. En cada pasillo, su nombre era mencionado con respeto y admiración. Había algo en su mirada, en su porte, que hacía imposible no detenerse a mirarla. Era la mujer que había renacido de las cenizas. La que había demostrado que el liderazgo auténtico no necesita ruido para hacerse notar.
Andrea entró a la oficina con una sonrisa curiosa.
—Hay alguien en recepción que pregunta por ti —anunció, con una