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CAPÍTULO 42 — El regalo de un nuevo comienzo

La primavera llegó tiñendo de verde los jardines de la mansión, y con ella, una sensación de renovación que parecía impregnar cada rincón de nuestra vida. Ya no había sombras que acecharan ni secretos que ocultar. Cada mañana, al despertar junto a Ethan, sentía que empezaba no solo un nuevo día, sino una nueva vida, construida sobre los cimientos de todo lo que habíamos superado.

Ethan se había convertido en un hombre distinto, aunque conservaba la esencia que me había enamorado. Ya no caminaba con la cabeza baja ni la mirada perdida en pensamientos oscuros. Caminaba con paso firme, la cabeza alta, y cuando hablaba, lo hacía con la seguridad de quien conoce su valor y su propósito. Una tarde, mientras plantábamos rosas en el jardín trasero, me detuve a observarlo: sus manos, antes siempre ocupadas en papeles y decisiones pesadas, ahora manejaban la tierra con delicadeza, con paciencia, como si estuviera cuidando algo precioso que dependía de él para crecer.

—¿Sabes? —dijo, sin dejar de trabajar—. Mi padre decía que las cosas que crecen solas no valen la pena. Que todo lo que importa hay que forzarlo, moldearlo, hacerlo a la fuerza. Pero mirar estas rosas… verlas abrirse con el sol, con el agua, con el tiempo… me hace pensar que él estaba equivocado. Lo mejor de la vida no se fuerza. Se cuida. Se espera. Se ama.

—Exacto —asentí, sentándome en el borde de la tierra—. Igual que nosotros. Nadie nos forzó a amarnos. Simplemente… creció. Y cuanto más lo cuidamos, más hermoso se vuelve.

Ethan se limpió las manos en un paño y se sentó a mi lado, tomándome la mano entre las suyas. —Tú me enseñaste eso, Lía. Tú me enseñaste que no tengo que ser duro para ser fuerte. Que puedo sentir, puedo amar, puedo ser suave… y eso no me hace débil. Me hace humano. Gracias por devolverme mi humanidad.

—Tú nunca la perdiste —le respondí—. Solo la tenías escondida, esperando a que alguien la encontrara. Y yo la vi. Desde el primer día, aunque tú no lo creyeras.

Esa tarde, mientras terminábamos de plantar, me habló de algo que llevaba tiempo pensando. —Quiero hacer un cambio en la empresa. Algo que lleve tu nombre, o al menos tu esencia. Una fundación, tal vez. Para ayudar a chicas que están en situaciones difíciles, que no tienen recursos, que se ven obligadas a tomar decisiones desesperadas. Como la que tú tomaste por tu familia. Quiero darles una opción diferente. Quiero que nadie más tenga que vender su vida para salvar a los suyos.

Me emocioné hasta las lágrimas, abrazándolo con fuerza. —Eso es lo más hermoso que he escuchado. No solo cambiará sus vidas… también dará sentido a todo lo que vivimos. Lo que nos pasó no fue en vano. Puede ayudar a otros.

—Es mi forma de agradecerte —susurró contra mi cabello—. Tú me salvaste a mí. Quiero que juntos salvemos a otros.

Los días siguientes fueron de planificación. Ethan no hablaba de ello como un proyecto más, sino como una misión. Cada nombre que proponía, cada idea, cada detalle… lo consultaba conmigo, valoraba mi opinión, la hacía suya. Y así, entre los dos, nació la Fundación Lía Ferrer —él insistió en poner mi nombre—, dedicada a becas, refugio y apoyo a jóvenes mujeres en situación de vulnerabilidad.

—No es solo tu nombre —le dije el día que registramos los papeles—. Es tu corazón. Nadie más que tú podría haberlo hecho realidad.

—Es nuestro corazón —corrigió, firmando el documento con una sonrisa—. Todo lo que hago, lo hago por nosotros. Y por todo lo que representamos.

Una noche, mientras cenábamos tranquilos en la mesa del comedor, sin prisa, sin llamadas, sin interrupciones, Ethan dejó el tenedor a un lado y me miró con una expresión que me hizo detenerme. —Tengo algo para ti —dijo, levantándose y yendo hacia el estudio.

Regresó con una caja pequeña de terciopelo azul. Al abrirla, no encontré un anillo de diamantes enormes ni piedras llamativas. En su lugar, había un anillo sencillo, de oro blanco, con una sola piedra pequeña y brillante en el centro, y grabado en la banda una frase: "No por un año, sino para siempre".

—No es un anillo nuevo —explicó, tomándome la mano—. Es el mismo estilo de aquel que llevaste al principio. Pero este no tiene fecha de vencimiento. No tiene condiciones. No tiene cláusulas. Solo tiene una promesa: la que nos hicimos el uno al otro, sin papeles, sin testigos, solo nosotros. ¿Quieres llevarlo? No como esposa de conveniencia, sino como la mujer que amo, mi compañera, mi igual, mi todo.

Las lágrimas me cayeron solas mientras asentía. —Sí, Ethan. Con todo mi corazón. Para siempre.

Me lo puso él mismo, despacio, con cuidado, como si estuviera sellando una promesa eterna. Y al hacerlo, me besó la mano y luego los labios, con un amor que cada día se hacía más profundo, más real, más nuestro.

—¿Sabes qué es lo más increíble? —me dijo, abrazándome—. Aquel primer anillo era el símbolo de una prisión. Este… este es el símbolo de nuestra libertad. Porque ahora somos libres de amarnos, libres de ser nosotros, libres de construir lo que queramos.

—Y nada nos puede detener —agregué—. Nada ni nadie.

Esa noche, antes de dormir, nos quedamos mirando las estrellas desde la ventana de nuestra habitación. Ya no éramos dos extraños unidos por una deuda. Éramos dos almas que habían encontrado su camino, su hogar, su persona. Y el futuro, antes tan oscuro y aterrador, ahora se abría ante nosotros lleno de luz, de posibilidades, de todo lo que aún nos quedaba por vivir.

—Te amo, Lía —susurró Ethan, abrazándome por la espalda mientras mirábamos el cielo—. Más de lo que las estrellas pueden contar.

—Y yo a ti, Ethan —respondí, entrelazando nuestros dedos—. Hoy, mañana y siempre. Para toda la eternidad.

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