La oficina olía tenuemente a madera pulida y tinta fresca, el tipo de aroma que siempre me recordaba los comienzos. Y hoy, esta oficina era el comienzo de todo. El imperio Blackwood era mío bueno, nuestro, de Xavier y mío y el peso de ello se asentó sobre mis hombros como una nube de tormenta, pesada pero electrizante.
Me quedé de pie junto a la ventana, mirando las luces de la ciudad abajo. Parpadeaban, indiferentes, como si el mundo aún no se diera cuenta del cambio que había ocurrido. La voz