—¡Mamá, no me hagas esto! —le rogué, mi voz temblorosa.
Mi papá se acercó, ya no con la calma de antes, sino con una rabia creciente. Tomó el polerón que llevaba puesto y sin delicadeza alguna subió las mangas, revelando los oscuros y dolorosos moretones que cubrían mis muñecas. Sus ojos, antes llenos de amor, ahora brillaban con furia contenida.
—¿Qué es esto? —gritó, su voz reverberando en cada rincón de la casa.
Sentí que las piernas me fallaban y caí al suelo, incapaz de soportar la fuerza d