El día de la audiencia final de divorcio llegó con una calma inusual, muy diferente al circo mediático que había rodeado las semanas anteriores. La sala de audiencias estaba silenciosa, libre de prensa sensacionalista; solo había observadores legales y la fría formalidad del proceso. La tormenta había pasado, dejando solo la tranquilidad de la justicia ejecutada. Gabriel Alcántara, visiblemente más delgado y quebrado, se sentó en la mesa del demandado. Su traje, alguna vez símbolo de carisma, a