Su furia, que hice aumentar por un momento, rápidamente se calmó de nuevo. Su sonrisa regresó, amplia y aguda.
“Debí haber sabido que fuiste tú quien hizo ese pequeño y triste regalo. Era tan simple, tan... anticuado. Estaba dispuesta a disculparme por su existencia antes de que el príncipe cometiera una pequeña confusión”.
Había pasado horas confeccionando esa muñequera para el príncipe. Había hecho el diseño simplista a propósito, sabiendo que Nicolás lo preferiría así. La ropa llamativa