A la vista de las atentas cámaras, Julián y yo estábamos uno al lado del otro en la cocina, con un plato de galletas en el mostrador frente a nosotros. Ya habíamos preparado la masa, cortado las figuras y horneadas. Estos fueron los resultados finales.
Había sido difícil relajarse frente al equipo de cámara, incluyendo el productor, que gritaba órdenes aleatorias como: “¡Ponle harina en la nariz, Julián!”. O: “¡Sonríele, Piper!”.
Al menos ahora existían las galletas. El dulce postre podría