Dimos cinco pasos hacia los pasillos antes de que Nicolás comenzara a hacer preguntas.
“¿Pasó algo?”, preguntó.
No quería mentirle, así que me encogí de hombros. “Nada grande”.
“Nada grande sigue siendo algo”.
Con mi mano en su brazo, Nicolás dictaba qué tan rápido y lento caminábamos.
Ahora disminuyó la velocidad, dejando en claro que alargaría esto si fuera necesario. Estaba preocupado por mí, lo pude ver por la mirada en sus ojos. No iba a dejarme salir del apuro fácilmente.