Las manos y rodillas de Katya comenzaron a temblar sin control, incluso creyó que no podría mantenerse por mucho más. Si había algo peor que tener que ocultar el secreto de la mafia de Egan, era tener que pertenecer a ella y casarse con el mismísimo jefe.
Aquello simplemente no era cierto, incluso le provocó risa.
– Es un chiste, ¿verdad? –Katya caminó por la celda y esperó que Egan negara lo que acababa de decir, pero él no lo hizo–. Egan, eres un mafioso, vil y despreciable. ¿Crees que me casa