Egan apartó el arma de Katya, y aunque no lo apartó de la señora Marín exactamente, al menos ya no estaba apuntándolo tan directamente.
– Eres un tonta al defenderla, cuando tan solo unos minutos antes estaba a nada de decapitarte con esa navaja –Egan miró a la señora que estaba tirada en el suelo con sumo desprecio–. Pudo haberte quitado la tuya. Si yo no hubiese llegado, Katya, eso hubiese sucedido. Y créeme que no le perdonaría la vida a nadie que amenace la tuya.
Katya negó su cabeza.
– Ya