– Ustedes la tienen, claro, una evidente forma de chantaje –Elian gruñó, no muy divertido ahora–. No le harán daño, claro que no. En especial si uno de los suyos es su amante. ¿Cierto, Fiore?
Argus no respondió nada, en realidad parecía a nada de explotar. Su mirada de odio hacia Elian aumentó y su dedo terminó en el gatillo, solo que la mano de Katya sobre su hombro no le dejó disparar.
– Sí, claro –respondió Argus con repugnancia–. Maldito, imbécil, desgraciado. ¡Me arrebataste lo único que m