En cuanto llego a la Casa de la Manada luego del entrenamiento, voy directo al cuarto para darme una buena ducha. La toalla que llevé al campo está completamente empapada, ya ni seca de lo mojada que está, y con el sol y calor que hubo hoy, no me sorprende en lo más mínimo: sus rayos contra la piel eran como agujas.
Respiro profundo y subo los escalones de dos en dos, esperando encontrar a mi compañera aquí, mas cuando cruzo la puerta, no hay siquiera rastros de ella, ¿dónde está? Le dije que c