Incrédula de que ese beso sea real, Samantha se pellizca de forma disimulada, para confirmar que no se trata de un sueño o de una fantasía.
Ella lo empuja para enfrentarlo, pero encontrarse con su mirada fiera la pone muy nerviosa, entonces las palabras se le quedan tascadas en la garganta.
—¿Qué sucede? —Él se lame los labios—. ¿No te está gustando? —Le acaricia el cabello.
—Me encanta... —responde con una sonrisa tonta, pero de inmediato vuelve en sí y frunce el ceño—. Es decir... ¿Por qué me