El hijo del italiano
El hijo del italiano
Por: miladyscaroline
Prólogo

Emilio Arcuri, a lo largo de los años, se le había conocido como el mejor partido para las mujeres jóvenes y solteras de la élite. Era alegre, extrovertido y pasional, no se limitaba a los placeres de la vida o a explorar.

Era, como las mujeres le decían, él único pez a escoger en el mar. Pero él, empeñado en que había encontrado al amor de su vida en aquella joven e inexperta mesera que derramó café en su chaqueta, se dedicó única y exclusivamente a ella; a amarla y llenarla de todos los excesos que pudiera permitirle el dinero.

Una noche, luego de meses de conocerse y entregarse el uno a la otra hasta rayar los límites, decidió dar el siguiente paso. Compró un anillo de compromiso valorado en más de diez mil euros e informó a su familia la decisión tan inesperada que había tomado, aunque fuesen precisamente ellos los primeros en creer que no era una buena idea, sobre todo su madre, Emperatriz Arcuri, quien no había dado el visto bueno desde el principio de la relación.

Pero ya estaba hecho, Emilio no se retractaría y Bianca Leone sería su esposa. Le pediría que se casara con él y ella daría el sí porque estaban eternamente enamorados el uno de la otra.

Nadie iba a impedirlo, excepto ella misma…

M*****a sea, si tan solo no hubiese sido tan ciego y hubiese puesto más atención a lo que se rumoreaba de ella, no habría quedado como un gran y jodido imbécil.

Y es que el problema no estaba en que ella lo hubiese rechazado, no, porque probablemente habría dicho que sí y entonces él jamás se habría enterado de que le estaban jugando al dedo en la boca todo ese tiempo.

El problema, en realidad, estaba a su lado… cogiéndola de la mano.

Y se veían tan felicidad.

¡Tan felices como él y ella, joder!

¡¿O tan felices como ella se había encargado de que así lo pareciera?!

Devastado, con el corazón hecho pedazos y el orgullo arrastrado por la suela de sus zapatos, estrujó el ramo de flores con indignación y guardó el anillo haciéndose una promesa la cual se encargaría de cumplir por el resto de su existencia.

No volvería a permitir que nadie le viese la cara de imbécil nunca más, y si alguien, en su remota consciencia lo intentaba, deseará no haberse cruzado en su camino jamás.

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