47. Dos corazones desbocados
Esa noche, su maldito olor se había quedado impregnado en cada rincón como si todo se hubiese confabulado para hacerle perder el juicio.
Destrozó, sin miramientos, cualquier cosa que haya quedado allí de ella.
Ese desgraciado champú con aroma a frambuesas.
Esas benditas sábanas blancas en las que tiernamente se envolvía cada noche y despertaba cada mañana. Las arrancó del colchón, arrugó y tiró por las escaleras con el resto de las pocas pertenencias que había dejado.
Para cuando entró la me