Legna sale de la tienda junto a Dylan con varias bolsas pequeñas en la mano y un entusiasmo que hace sonreír a su mate.
—¡Están todas hermosas! —exclama ella, alegre—. Los chicos son muy buenos con el ámbar. Y tú eres un dulce, mi lobo; pero te gastaste una fortuna, Dyl.
—Te mereces eso y más, mi loba traviesa. Ya quiero verte esas joyas puestas mientras me las modelas desnuda... —responde con un tono seductor, acto seguido, le muerde el lóbulo de la oreja.
—¿Por qué desnuda? ¡Qué pervertido ere