Mundo ficciónIniciar sesión— Me parece que la que debe cuidar por donde camina es usted señorita. — frunzo el ceño apenas acaba de soltar su estupidez y siento que la sangre comienza a calentarse en mi cuerpo.
— ¿Perdón? — me enderezo y lo enfrento. Es muy alto, yo que no me considero pequeña le quedo por la nariz. — ¿Tienes una puta idea de con quien estás hablando?
Se cruza de brazos frente a mí. Desvió mi vista a su cuerpo. Me obligo a tragar saliva para humedecer mi garganta que se ha secado de pronto, su fuerte anatomía se marca a la perfección en su traje color negro, esos bíceps se ven tan apetecibles cruzados sobre su pecho…
Vuelvo a abofetearme mentalmente y lo miro a los ojos, sin dejarme intimidar ni un segundo por el idiota, pero irresistible hombre frente a mí.
— Parece que, con una chica bastante maleducada, mira que decir tal grosería sin ningún reparo, usted es de por más corriente, lamentable que un senador tenga que presentar a una malcriada como usted a la sociedad.
No lo soporto un solo segundo, el desconocido frente a mí me ha insultado más que nadie en solo unos segundos, bueno… me han dicho muchas cosas hirientes, pero por alguna razón que él lo diga sin ni siquiera saber una m****a de mí me enerva tanto que no contengo el impulso y levanto mi mano para darle una certera bofetada y que así aprenda con quien está hablando.
Pero mi acción se ve frustrada cuando su mano rodea mi muñeca deteniendo el golpe. Tiene buenos reflejos, su mandíbula se aprieta y solo me agito para soltar mi mano de su agarre, algo molesto me recorre el cuerpo y no es precisamente repudio.
— Suélteme, imbécil.
— Primero cálmese, parece una fiera fuera de su jaula. — abro la boca ofendida por lo que acaba de decir.
— ¡Haré que lo despidan por igualado! — grito tan fuerte que noto como hace una mueca, sí mi voz es chillona e insoportable cuando me lo propongo.
— Suerte con eso. — me suelta y se aleja por el pasillo desapareciendo de mi vista en un par de segundos.
Respiro por la nariz como un toro enardecido. Mis manos se hacen puños y entierro las uñas en mis palmas.
Nunca había conocido a nadie tan desagradable.
Y caliente.
Me dice esa vocecita en mi cabeza que muchas veces me irrita, como justo en este momento.
Respiro hondo y camino al despacho de mi padre, me encargaré de cumplir mi promesa, ese idiota hasta hoy trabajó aquí.
Entro al despacho de papá sin tocar la puerta, se encuentra hablando con sus hombres, tiene el ceño fruncido y una evidente expresión de preocupación en su rostro, por lo que freno mi histeria y permito que deje de hablar con sus hombres, escucho algo sobre reforzar la seguridad y finalmente los hombres se retiran dejándome a solas con mi padre.
— Papá, tenemos que hablar, un idiota allá afuera…
— Jennifer, Ahora no. — se masajea las sienes y me mira cansino. — siéntate, por favor, tenemos que hablar.
El tono de su voz me deja algo descolocada. Eso solo significan problemas y con mi padre un problema puede ser hasta motivo de vida o muerte.
Me acomodo en la silla frente a él, estar en su despacho después de tanto tiempo es reconfortante, recuerdo que cuando era pequeña me gustaba colarme aquí cuando él no estaba, el olor a madera de roble es tan relajante, además de que me encantaban los libros que tenía en sus estantes, me leí la mayoría antes de cumplir los dieciocho.
Sí se que puedo parecer una tonta, pero en realidad no lo soy, soy bastante lista, suspicaz y estratégica. Por eso mi padre me quiere al frente pronto.
— Cariño, lo de esta tarde no fue un atentado cualquiera. — dice y pongo toda mi atención en él. — he tenido algunos problemas con un grupo… de personas poderosas que buscan mi apoyo para… cometer sus delitos en la ciudad sin que se vean afectados por las autoridades, por supuesto que me he negado, jamás permitiría que la droga o la delincuencia tomaran la ciudad que tanto me he esmerado por limpiar de tanta escoria, — lo miro complacida, mi padre es tan correcto y sincero, que no podría haber mejor persona que él para el cargo. — sin embargo, mi convicción conlleva riesgos, uno de ellos… la seguridad de las personas que amo. Tú principalmente, mi niña. — estira su mano y acaricia mi mejilla, apoyo mi rostro en su mano, extrañé demasiado sus caricias, mi padre es la única persona que me ha tratado cálidamente desde que tengo memoria. — eso me lleva a tomar medidas extremas, por tu bien, espero lo entiendas.
Frunzo el ceño y al instante me alejo de él. Sé lo que eso significa y empiezo a arrepentirme por haber caído ante su chantaje de traerme a este jodido país. — No me digas que me tendrás vigilada las veinticuatro horas del día durante el tiempo que me encuentre en esta ciudad.
Mi padre hace una mueca confirmando mis sospechas.
Maldición.







