Mi mujer.
—¡Jarli! —gritó Javier.
—Dime, hermano —respondió Jarli con una ceja enarcada.
—¿Has traído las armas?
Jarli se soltó del agarre de Débora y fue hacia su hermano. Temas como armas y asesinatos no se podían hablar en voz alta. Era una de las reglas en la mafia. Pero al parecer, Javier no las tenía muy claras.
—Si estuviéramos en la pandilla, hace tiempo estarías muerto. Eres un bocón, Javier. No cambias.
Jarli empezó a regañar a su hermano sin importar que Débora estuviera presente.
—Amor, no es