Mundo ficciónIniciar sesiónEl humo denso de los puros cubanos flotaba como una niebla grisácea bajo el techo de madera tallada del despacho privado de Maximiliano Martineli. A diferencia del caos y los gritos que en ese mismo instante sacudían la comisaría de Palermo, en la mansión se respiraba una calma triunfal, interrumpida únicamente por el tintineo del hielo contra el cristal y las risas roncas de los hombres que gobernaban los bajos fondos de Sicilia.
Maximiliano presidía la habitación desde su imponente sillón de cuero capitoné, con la chaqueta del esmoquin desabrochada y las mangas de la camisa blanca sutilmente arremangadas, dejando al descubierto los intrincados tatuajes que trepaban por sus muñecas. Con una parsimonia ensayada, sostenía un vaso de whisky de malta con una mano, mientras con la otra jugueteaba con un pesado encendedor de oro. Su rostro, una máscara de perfecta tranquilidad carismática, reflejaba la fría satisfacción de un hombre que sabía que el tablero de ajedrez entero se movía bajo sus órdenes. A su derecha, sentado en una de las butacas individuales de terciopelo, se encontraba un hombre que vestía ropa civil, pero cuya postura rígida delataba un entrenamiento estrictamente institucional. Era el agente Bianchi. El mismo hombre que hacía menos de una hora simulaba ser la mano derecha de Diego Rossi y confiscaba los teléfonos de sus compañeros en la jefatura, ahora sostenía un vaso de cristal con manos que apenas temblaban, saboreando el precio de su traición. —Deberían haber visto la cara de Rossi a través del monitor de la furgoneta —comentó uno de los capos de confianza de Maximiliano, un hombre corpulento llamado Salvatore, soltando una carcajada estruendosa—. El maldito detective casi se arranca la cabeza con los auriculares cuando cambiaste el discurso sobre el maletín. ¡Pensó que esta noche saldría en los periódicos como el héroe que atrapó al Don! Varios de los hombres presentes en el despacho rompieron a reír, contagiados por el cínico desprecio hacia las fuerzas del orden. Maximiliano, sin embargo, solo esbozó una sonrisa ladina, una línea delgada y fría que no llegaba a tocar sus ojos oscuros. Su mirada se desvió lentamente hacia Bianchi, quien permanecía en silencio, sintiendo el peso de la atención del Don sobre sus hombros. —La paciencia es una virtud que la policía de este país nunca ha logrado comprender —dijo Maximiliano, su voz fluyendo con una calma sibilante que silenció el salón de inmediato—. Creen que la justicia es una cuestión de micrófonos y asaltos tácticos. No entienden que el poder real no se esconde en los arreglos florales, sino en la lealtad... y en saber cuánto cuesta cada hombre. Maximiliano extendió el brazo y le dio un leve toque con su vaso al de Bianchi, provocando un sonido cristalino que resonó en el despacho como una sentencia. —Hiciste un excelente trabajo esta noche, Bianchi. Cinco palabras en el momento justo salvan millones de euros y, lo más importante, salvan el honor de esta familia. Mi hijo duerme tranquilo arriba porque hombres como tú saben tomar las decisiones correctas. Bianchi tragó saliva, forzando una sonrisa mientras daba un sorbo a su bebida. El sudor frío brillaba en su frente, no por arrepentimiento, sino por el miedo reverencial que infundía tener al Don a tan poca distancia. —Rossi está perdiendo la cabeza, Don Martineli —explicó Bianchi, inclinándose hacia adelante, intentando sonar seguro—. Ha cerrado el piso completo de la jefatura. Ordenó auditar las cuentas de todos los agentes, revisar los registros telefónicos y confiscar los móviles. Ha desatado una puta caza de brujas ahí dentro. Mañana mismo llamará a Asuntos Internos. Salvatore soltó un bufido de desdén, encendiendo un nuevo puro. —¿Asuntos Internos? Por favor. La mitad de los inspectores de esa oficina reciben su sobresueldo de nuestras empresas de transporte en el puerto. Que busquen lo que quieran. Rossi solo está dando patadas de ahogado. Está acabado. —No te confundas, Salvatore —intervino Maximiliano, elevando un tono su voz, lo que hizo que el capo corpulento borrara la sonrisa de inmediato—. El detective Rossi no está acabado. Es un hombre obsesionado, y un hombre obsesionado es doblemente peligroso porque deja de preocuparse por su propia seguridad. Lleva tres años siguiendo mis pasos sin cometer un solo error legal hasta hoy. Su único defecto es que cree en el sistema. Cree que la ley que defiende es incorruptible. Maximiliano se puso en pie con una elegancia felina, caminando hacia el gran ventanal que ofrecía una vista panorámica de los jardines iluminados de la mansión. Se quedó allí unos segundos, observando la noche siciliana, antes de girarse de nuevo hacia Bianchi. —¿Qué va a hacer ahora? —preguntó el Don, entornando los ojos. —Va a intentar armar el caso desde cero de forma aislada —respondió Bianchi con total frialdad, delatando los planes de su jefe—. Sabe que tiene un traidor en la unidad, así que ya no confiará en nadie. Se encerrará en su despacho a revisar los expedientes viejos. Se ha vuelto paranoico, Don Martineli. Está completamente solo. Maximiliano soltó una risa baja, un sonido cínico que helaba la sangre. Se acercó a su escritorio de roble, abrió uno de los cajones superiores y extrajo un sobre de papel madera, notablemente grueso. Caminó de regreso hacia Bianchi y lo dejó caer sobre sus piernas. El impacto del sobre reveló el sonido inconfundible de fardos de billetes de alta denominación. —Tu recompensa por mantener el orden en mi ciudad —dijo Maximiliano, apoyando una mano sobre el hombro de Bianchi, apretando el músculo con una fuerza sutil pero advertida—. Sigue siendo sus ojos y sus oídos. Deja que Rossi se ahogue en su propia paranoia. Que busque al traidor entre los agentes más jóvenes, que destruya su propia unidad desde adentro con sus sospechas. Mientras él destruye su carrera buscando un fantasma, nosotros cerraremos el trato de los diamantes la próxima semana en el norte. Bianchi miró el sobre con codicia, asintiendo repetidamente. —No sabrá qué lo golpeó, Don Martineli. Mañana a primera hora le daré un par de pistas falsas para que apunte sus sospechas hacia el detective Moretti. Eso lo mantendrá ocupado un par de meses. —Perfecto —concluyó Maximiliano, regresando a su sillón y dando por terminada la reunión con un sutil gesto de la mano—. Salvatore, acompaña a nuestro amigo por la salida trasera. No queremos que ningún vecino curioso note la presencia de la autoridad a estas horas. Cuando Bianchi y Salvatore abandonaron el despacho, el silencio volvió a reinar en la habitación. Maximiliano se quedó solo, mirando fijamente el vaso de whisky. A pesar de las burlas de sus hombres y de la victoria de la noche, la imagen del micrófono oculto en su despacho seguía rondando su mente. Sabía que, al otro lado de esa tecnología, había un hombre cuyo rostro aún no conocía, pero cuya voluntad era lo suficientemente fuerte como para rozar los muros de su imperio. Una extraña y cínica curiosidad se encendió en el pecho del Don. Se preguntó cuánto tiempo tardaría ese misterioso detective en comprender que, en Palermo, la ley siempre se arrodillaba ante el apellido Martineli.






