Había comenzado a llover y aquella bestia frente a ella emanaba maldad e ira mezclada con una serenidad inexplicable para la joven. De sus fauces, que mostraba una hilera de filosos dientes, salía un gruñido espeluznante que hizo temblar de miedo a Ileana. Y justo detrás de la cabeza de la bestia, apareció aquel rostro tan conocido para Ileana. Le sonreía con malicia y la miraba fijamente con esos orbes esmeralda que la hacían temblar de pavor.
–Vaya, vaya, vaya –dijo mientras bajaba del feroz l