La pareja de viajeros había terminado sus alimentos de la mañana, o más bien, Velkan había terminado ambos desayunos, ya que al parecer Ileana se había quedado sin apetito y su estómago se sentía débil.
Afuera las nubes grises comenzaban a cubrir con sutileza el manto celeste, soplaba un viento suave, pero gélido y no se escuchaba ni siquiera el sonido de los pájaros por los alrededores.
—Y... ¿Te llenaste? —preguntó Ileana, con el codo apoyado en la mesa, y la mano sosteniendo su mentón, sor