El reloj seguía avanzando con una lentitud insoportable. El café en las manos de Norman ya se había enfriado, pero él lo sostenía igual, como si fuera lo único que lo mantenía anclado al presente. Paola se sentó a su lado, sin presionarlo, con la espalda recta y los ojos perdidos en un punto invisible del pasillo. El silencio entre ellos no era tenso, sino pesado, lleno de todo lo que había entre ambos. Pasaron varios minutos antes de que ella hablara. —¿Te trae muchos malos recuerdos el hospit