Escritorio compartido.
El cursor parpadeaba sobre la página en blanco con una insistencia casi ofensiva.
Tic.
Tic.
Tic.
Cada destello parecía marcar el tiempo que me quedaba antes de perder algo más que la paciencia.
Solté el aire despacio, intentando relajar los hombros.
No funcionó.
«El Señor D se acercó…»
Me detuve.
Borrar.
No porque no funcionara.
Sino porque funcionaba demasiado bien.
Apoyé los codos en el escritorio y me cubrí los ojos un segundo.
Error.
Porque ahí estaba otra vez.
No el personaje.
Él.
La forma