Caminé hacia ellos empuñando aquella grande y pesada espada. No me detuve, jamás titubeé, ni siquiera parpadeé para no distraerme ni un segundo. Levanté sobre mis hombros la brillante hoja de metal atravesando a mis primeros dos adversarios por el pecho, mientras los demás volteaban atrás al escuchar los quejidos. Ambos cayeron al suelo heridos, jadeando, implorando por sus vidas.
Dos más se acercaron a mi con malas intenciones, sacaron sus espadas e intentaron herirme sin importar quién fuese