El bebé sorpresa del playboy
El bebé sorpresa del playboy
Por: Joana Guzman
Prólogo

Piero estaba agotado después de pasar más de veinticuatro horas viajando. Adoraba su trabajo y conocer lugares exóticos, pero preferiría no tener que pasarse horas encerrado en un avión. No era natural para su cuerpo pasar tanto tiempo sentado en una misma posición, sin importar lo cómodo que fueran los asientos en clase ejecutiva.  

Entró a la que había sido su habitación desde que era un adolescente. Tenía un departamento cerca de la ciudad, pero casi siempre visitaba a sus padres cuando llegaba de alguno de sus trabajos. Era bueno pasar tiempo con su familia, luego de haber estado bastante tiempo fuera.   

Nada había cambiado a lo largo del tiempo. Las paredes aun conservaban algunos posters de cuando estaba pasando por su fase rockera, algunos de sus premios de deportes de la escuela estaban en un estante, eran los pocos que su mamá, Ava, no había podido colocar en la sala de la casa.

Ava era la esposa de su padre y su mamá en todo el sentido de la palabra. No es que no quisiera a su madre biológica, es solo que Ava había estado para él en muchos momentos importantes a lo largo de su vida que su propia madre se había perdido.

Dejó su maleta de mano en un rincón y, antes de ceder a la tentación de echarse en la cama, se dirigió al baño para tomar una ducha. Nada mejor que un poco de agua para desenredar los nudos que sentía por todo el cuerpo.

Tan pronto salió del baño, tomó su celular para llamar a Nerea. Había mandado un mensaje en cuanto aterrizó para decirle que había llegado, pero quería escuchar su voz antes de irse a dormir.  

Nerea se había convertido en su amiga luego de que ella lo había humillado en público. En solo un movimiento ella lo había llevado hasta el suelo como si no pesara nada. Una rara manera de empezar una amistad.

Piero había intentado conquistarla al principio. Ella era linda y divertida. Pronto, sin embargo, cambió de opinión. No solo porque ella le había dejado claro más de una vez que nunca estaría con él, sino también porque le gustaba tenerla en su vida.

—Hola, tú, desconocido.

Sonrió al escuchar su voz.

—Hola, princesa.

—Sabes que aún no me agrada que me digas así.

—Y tú sabes que no tengo el sentido común para dejar de hacerlo.

—Tal vez fui muy piadosa contigo la primera vez, pero si sigues por ese camino me aseguraré de que entiendas el mensaje cuando termine contigo.

—Esa suena a una propuesta muy tentadora.  

—Idiota, acaso no eres capaz de pensar en algo más que sex0.

—Claro que sí, también pienso en comida y a veces, si me concentro lo suficiente, pienso en seguir haciéndome más rico.

Nerea soltó una carcajada. Aquel sonido siempre le causaba una sensación inexplicable en el pecho.

—¿Cómo estuvo el trabajo?

—Igual que siempre. Conseguí algunas fotos impresionantes mientras estaba en medio del bosque. Y luego tuve algo de diversión. —Se aseguró de que sus palabras sonaran con doble sentido.  

—Y allí vas otra vez.

—Paracaidismo. Hice paracaidismo. ¿Tú que creías?

Cuando ella no respondió, soltó una carcajada.

—Creo que eres tú quien no puede dejar de pensar en sex0. Estoy dispuesto a ser tu conejillo de indias cuando quieras —dijo en broma.

—Sigue soñando.

Sacudió la cabeza y decidió cambiar de tema.

—¿Qué has estado haciendo mientras estaba lejos?

Piero se recostó en la cama y escuchó hablar a Nerea sobre su trabajo. Ella había terminado la universidad hace muy poco. Aunque era muy buena en el combate cuerpo a cuerpo, Nerea había optado por estudiar en informática y ahora trabajaba en la empresa de su padre. Por lo que había visto, era aún mejor hackeando sistemas.

—¿Piero?

—¿Qué?

No recordaba el momento en el que había cerrado los ojos.

—Te estás durmiendo, prácticamente pude escucharte roncar.

—Lo siento, largo viaje.

—Lo sé, será mejor que vayas a dormir.

Soltó un bostezo apenas ella terminó de hablar.

—Creo que tienes razón.

—Dime cuando no la tengo.

—Buen punto. Hablamos luego, princesa. —Terminó la llamada antes de que ella le dijera donde podía meterse su apodo. Era muy ingeniosa cuando la provocaba lo suficiente.

Dejó el celular sobre el buró y se acomodó. Apenas unos segundos después se quedó dormido. El sonido de unos golpes en la puerta, lo despertaron después de lo que se sintió como unos minutos de sueño. Pero la hora en su celular le dijo que llevaba durmiendo más de tres horas.  

—Piero, hijo —llamó su mamá.

Era una hora extraña para que ella lo despertara. Algo malo debía haber sucedido.

—Solo un segundo —dijo. Se levantó y fue hasta su armario por un pantalón de chándal y una camiseta.

Una vez vestido se dirigió a la puerta. Tan pronto la abrió y vio el rostro de su madre, sus temores crecieron.  

—¿Qué sucede? —preguntó tratando de conservar la calma—. ¿Es papá?

 —Tranquilo, no tiene nada que ver con tu padre.

—¿Entonces?

—Yo… creo que deberías bajar a la sala y verlo por ti mismo.

Piero frunció el ceño aún más confundido, pero de todas formas siguió a su mamá por el pasillo hasta la primera planta.

Abajo estaba su padre y él miró en su dirección en cuanto escuchó sus pasos.

—¿Qué está… —Se quedó a media frase al ver el bebé que su padre cargaba en sus brazos. O al menos eso es lo que parecía lo que su padre sujetaba envuelto en una colcha.

—¿Es ese un bebé? —preguntó solo para confirmar.

¿Qué hacía su padre sujetando un bebé?  

—Sí y según la nota que venía entre sus pocas cosas, es de ti.

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