Aiden no la besó.
Llevaba meses deseándolo, durante la mayor parte de los ocho meses transcurridos desde que había entrado en la sala de conferencias de un hotel y la había encontrado de pie en el umbral, con el uniforme de limpieza, las manos temblorosas y la barbilla en alto. Aquel deseo se había vuelto más preciso y latente con cada mes que pasaba, a medida que la cautelosa distancia entre ambos se acortaba en silencio.
En la galería, después de que Lucy por fin dejara de hablar y se quedara