Katlyn estaba destrozada, su rostro estaba lleno de lágrimas mientras caminaba de una esquina a la otra en el hall de la mansión que compartía con Sebastián.
No le importaba que su esposo matara a Alan, todo sería mejor si ese hombre estuviera muerto, pero lo que la rubia temía era que fuera al revés. El menor de los Aller podía ser tan sádico y despiadado que temía que venciera a Sebastián.
Habían pasado horas y lo peor de todo era que Sebastián no contestaba el teléfono.
Estuvo a punto de ir a