Helena llegó temprano y más que nunca a la oficina sabiendo que ahora eran dos, que cargaba un niño que no ha deseado en su vientre. Caminó hasta su escritorio tratando de no tocar por pura inercia su barriga inexistente y se sentó fingiendo que estaba todo bien, que nada había cambiado desde ayer y que los correos de su casilla de la empresa eran tan interesantes como para tener la cara casi pegada a la pantalla de la computadora.
-¡DeLuna!- gritó el CEO desde su oficina, haciendo sobresalta