El chorro de agua helada y turbia le dio de lleno en el pecho y el rostro a Alexander, empapándolo por completo. El agua chorreaba de su cabello oscuro, mezclándose con la sangre de su labio y pegando la camisa fina a su piel.
A través de la ventana, con el llanto ahogándome y el pecho destrozado, no pude soportarlo más. Abrí la puerta de madera y salí al porche.
—¡Zoe! —exclamó Alexander al verme. Su mirada se iluminó por un segundo en medio de la miseria. A pesar de estar mojado, sangrando y