El trayecto hasta la oficina de la dirección general en el último piso fue una caminata de terror. Alexander caminaba al frente, con la espalda rígida como una barra de acero y pasos tan rápidos que tuvimos que casi trotar para no quedarnos atrás. En cuanto cruzamos el umbral de su despacho, cerró la puerta con un golpe seco que resonó como un disparo.
—¿Se puede saber qué clase de espectáculo acaban de dar? —rugió, y su voz, aunque controlada para no alertar a los de afuera, vibraba con una fu