Zoe
Apenas entré a la cocina a la mañana siguiente con una taza de café en la mano, Clara se quedó mirándome fijamente. No alcancé ni a darle el primer sorbo cuando su vista bajó directo a mi cuello. Se levantó de la mesa como si hubiera visto un fantasma, me apartó el cabello hacia un lado y soltó un grito ahogado.
—¡Zoe! ¿Qué demonios es esto? —exclamó, señalando la marca roja que seguía intacta en mi piel—. ¡Dime que no es lo que estoy pensando!
Cerré los ojos con fuerza, sintiendo que la