Mundo ficciónIniciar sesiónLa lluvia no era un simple aguacero: era una bestia viva que caía oblicua sobre la Ciudad de México, como si la metrópoli misma hubiera decidido lavarse las culpas de la noche. Edith y Rómulo caminaban bajo ella sin prisa, empapados hasta el hueso, y cada paso era a la vez desafío y rendición. La chamarra de mezclilla que él le había puesto sobre los hombros pesaba ahora como una segunda piel, fría y pegajosa, pero olía a él: a madera de guitarra, a sudor limpio y a algo más primitivo, a hambre.
—¿Por qué sigues aquí? —preguntó ella otra vez, la voz ronca de lluvia y desconfianza—. Soy una extraña. Una norteña casada que acaba de perder el último camión a Puebla. Tú eres… ¿qué? ¿Un guitarrista callejero que rescata damiselas en apuros?
Rómulo soltó una risa baja, casi un ronroneo bajo el estruendo del agua contra los adoquines de Madero.
—Porque la ciudad me enseñó que los extraños son los únicos que no mienten. Y porque tu acento norteño suena a dinero y a orgullo, y el mío a manglares y a polvo. Dos hambres distintas, ¿no? Tú huyes de una traición que te dejó vacía. Yo llevo años llenando vacíos con acordes.
Edith se detuvo bajo un farol que parpadeaba como un corazón moribundo. El agua le corría por las mejillas, mezclándose con lágrimas que no quería admitir.
—Hambre —repitió ella, saboreando la palabra como si la oyera por primera vez—. Yo corregía manuscritos en Madrid y en Monterrey, puliendo palabras ajenas hasta que brillaran. Pero las mías… las mías siempre se quedaban torcidas. Daniel me decía que era demasiado dura. Y tenía razón. Soy una correctora de vidas ajenas que no sabe corregir la propia.
Él dio un paso más. La distancia entre sus cuerpos se acortó hasta que el vapor de sus alientos se fundió en uno solo.
—Entonces déjame improvisar una para ti. Una que no necesite corrección… todavía.
Llegaron al bar de la Roma empapados y riendo como niños que acaban de descubrir que la lluvia también puede ser juego. Las paredes de ladrillo expuesto vibraban con «María Chuchena» a todo volumen. Rómulo saludó al dueño con un abrazo húmedo y subió al pequeño escenario improvisado. La funda de su guitarra se abrió como una herida. Tocó tres canciones conocidas —«Cielito Lindo» en versión lenta, un son jarocho que hizo que los clientes golpearan las mesas con las botellas—, y los billetes empezaron a caer. Edith se quedó en una mesa del fondo, bebiendo un mezcal que le quemaba la garganta y le aflojaba los nudos del pecho.
Cuando terminó el set, Rómulo se sentó frente a ella. El cabello negro se le pegaba a la frente; gotas caían desde las pestañas. Sacó un pedazo de servilleta mojada del bolsillo y un lápiz que parecía haber sobrevivido a guerras.
—Ahora viene la que no está en el repertorio —dijo—. Se llama «Hambre de palabras».
Rasgueó un acorde menor, grave, casi animal. Su voz, ronca de lluvia y de noches sin dormir, llenó el rincón:
Hambre de palabras que no se dicen,
de cartas que viajan solas hacia el olvido,
de anillos que pesan más que el oro mismo
y de ecos que regresan rotos pero vivos…
Edith sintió que algo se le rompía dentro. Sin pedir permiso, tomó el lápiz y la servilleta. Mientras él seguía tocando, ella corrigió en vivo, tachando, añadiendo, cambiando:
—Aquí no «regresan rotos». Di «regresan hambrientos». Suena más crudo. Más verdadero.
Rómulo sonrió sin dejar de tocar, los ojos fijos en ella como si la guitarra fuera solo un puente entre sus bocas.
Hambre de palabras que regresan hambrientas,
de besos que saben a lluvia y a miedo,
de cuerpos que se buscan sin mapa ni promesa
porque el hambre no pregunta, solo devora…
La canción creció entre ellos, improvisada y corregida al mismo tiempo, un diálogo de piel y tinta. Cada vez que Edith tachaba una línea, Rómulo la miraba con una intensidad que no era solo artística. Era sexual. Era hambre pura.
Salieron del bar pasadas las dos de la mañana. La lluvia no había cesado; ahora era más densa, más íntima, como si la ciudad les hubiera cerrado todas las puertas salvo la de ellos mismos. Caminaron por las calles de la Roma sin rumbo, la mano de él rozando la de ella cada tanto, hasta que encontraron un portal oscuro bajo un edificio antiguo. El zaguán olía a humedad antigua y a jazmines nocturnos que alguien había dejado en un tiesto olvidado.
—No puedo llevarte a Puebla esta noche —dijo Rómulo, la espalda contra la pared, la guitarra entre ellos como una barrera frágil—. Pero tampoco puedo dejarte ir sin que sepas algo.
—¿Qué? —preguntó Edith, la voz apenas un susurro.
—Que tengo hambre de ti desde el momento en que te vi correr en la TAPO. No es amor. Todavía no. Es hambre. Cruda. De palabras, de piel, de que alguien me mire como tú me miras cuando corriges mis letras.
Ella dio el paso que faltaba. Sus cuerpos chocaron. El beso fue violento de tan necesario: labios fríos de lluvia que se calentaron al instante, lenguas que se buscaron con urgencia adulta, sin la torpeza de los jóvenes. Las manos de Rómulo bajaron por la espalda de Edith, aferrándose a la curva de su cintura, subiendo bajo la chamarra mojada hasta encontrar la piel desnuda. Ella gimió contra su boca, un sonido que no era delicado sino animal, y apretó sus caderas contra las de él. Sintió su erección, dura, urgente, presionando contra su vientre a través de la tela empapada.
—Rómulo… —murmuró ella, sin saber si era advertencia o súplica.
—No te pido todo —respondió él contra su cuello, mordiendo suavemente la piel sensible bajo la oreja—. Solo lo que puedas dar esta noche. Sin promesas. Sin correcciones.
La empujó con suavidad contra la pared. Sus manos subieron por los muslos de Edith, levantándole la falda mojada hasta las caderas. Los dedos rozaron la tela de sus bragas, ya húmeda no solo por la lluvia. Edith arqueó la espalda, abriéndose a él. Cuando deslizó dos dedos bajo la tela y la tocó allí, caliente y resbaladiza, ella soltó un jadeo que resonó en el zaguán como una nota sostenida. Rómulo la besó más profundo, tragándose ese sonido, mientras sus dedos se movían con una precisión que hablaba de hambre acumulada durante años: lenta al principio, luego más insistente, dibujando círculos exactos sobre su clítoris hinchado. Edith clavó las uñas en sus hombros, la guitarra olvidada contra la pared, y se corrió con un temblor violento, silencioso, mordiéndose el labio para no gritar el nombre de un hombre que acababa de conocer.
Cuando abrió los ojos, lo vio mirándola con una mezcla de triunfo y veneración.
—Ahora tú —susurró ella, la voz rota.
Se arrodilló allí mismo, en el suelo mojado del portal. Bajó la cremallera de Rómulo con dedos temblorosos de deseo y frío. Lo tomó en su boca, caliente y grueso, saboreando el gusto salado de la lluvia y de él. Rómulo enredó los dedos en su cabello oscuro, guiándola con una ternura feroz, murmurando entre dientes palabras en náhuatl y español que sonaban a plegaria y a blasfemia. No duró mucho. El hambre era demasiado grande. Se corrió con un gruñido bajo, el cuerpo entero temblando, y ella tragó hasta la última gota, como si estuviera bebiendo el eco de algo que ambos necesitaban desesperadamente.
Se quedaron abrazados contra la pared, respiraciones entrecortadas, la lluvia cayendo fuera como un telón que no quería abrirse.
—No fue solo sexo —dijo Rómulo al fin, besándole la sien—. Fue hambre compartida. La tuya de ser vista sin correcciones. La mía de ser corregido sin que me rompan.
Edith sonrió contra su pecho, exhausta y viva por primera vez en meses.
—Entonces sigamos teniendo hambre. Juntos.
Al amanecer, la lluvia amainó hasta convertirse en una llovizna tímida. Llegaron a la TAPO caminando despacio, como si cada paso fuera una despedida y un comienzo. Rómulo le puso en la mano la servilleta arrugada con la canción corregida.
—Guárdala. Cuando llegues a Puebla, léela. Y si sientes que el hambre regresa… búscame. La ciudad sabe cómo juntar a los que se necesitan.
Edith subió al camión que acababa de llegar. Desde la ventanilla lo vio allí, guitarra al hombro, bajo las luces parpadeantes, con la chamarra ahora sobre sus propios hombros. No se dijeron adiós. Solo se miraron. Y en esa mirada quedó la promesa tácita: esto no termina aquí. El hambre, como la lluvia, siempre regresa.
El motor rugió. El camión se alejó.
Y la ciudad, bestia insaciable, sonrió en silencio. Sabía que la canción ya había empezado a viajar.







