Pero, justo al instante siguiente, Steph se dio cuenta de que el gatillo, que siempre había accionado con facilidad, parecía estar soldado y bloqueado, ¡y no podía presionarlo en absoluto!
Las venas se le marcaban en el antebrazo por el esfuerzo, y su dedo parecía a punto de romperse por la presión que ejercía. Notaba claramente dolor en la articulación del índice, el rostro cubierto de sudor, pero el gatillo no se movía ni un milímetro.
Pálido como la cera, gritó a los demás:
"¡Algo anda mal