El ambiente se tornó tan tenso que el aire parecía casi congelarse. Los sirvientes se habían callado, conteniendo el aliento, mientras todos los presentes observaban en silencio.
Diana no sabía si esta era la dinámica habitual en la familia, pero, de cualquier manera, en esta ocasión ella era el centro de atención y se sentía incómoda al respecto.
Para sorpresa de todos, Elsa intervino tratando de calmar un poco la situación, adoptando una actitud de buen samaritano:
—Es mi culpa. Pensé que debe