El fin de semana había llegado, esa mañana Soren se negaba a salir de la cama y Clarisse decidió dejarlo dormir todo lo que quisiera. Se dio un baño y vistió con un atuendo cómodo para bajar. En la cocina se encontró con el personal de la casa que esperaban que el desayuno estuviese listo para comer.
—Buenos días a todos —saludó la pelinegra, amablemente y fue hacia la isla.
—Buenos días —respondieron los tres en coro.
—Aquí tienes, Clarisse. Una taza de café recién preparado —Liza le entregó l