El silencio que envolvía a Samantha y Dominik era distinto al de la cocina. Ya no era la tensión del conflicto, sino una especie de complicidad silenciosa. Dominik mantenía su mano posesiva sobre la cintura de Samantha, guiándola con una seguridad que la hacía sentir, por primera vez en mucho tiempo, que estaba bajo un escudo impenetrable.
Al entrar al comedor, la atmósfera cambió drásticamente. El aire se volvió denso, cargado de un desprecio que se podía sentir físicamente. Samantha se sentó