Mundo ficciónIniciar sesiónNina llega a casa en su forma de lobo y rápido se transforma en humana, ingresa en la casa desnuda y corre escaleras arriba para encerrarse en su habitación. Estaba tan enojada con Zero por tratarla de esa forma tan infantil.
Se encierra en su cuarto y corre a meterse en la ducha. Después de un buen rato la joven abandona el cuarto del baño un poco más calmada, seca su cabello y se detiene al recordar sus dulces. —¡Oh! No…—musita entristecida. Al convertirse en lobo olvido que llevaba los pasteles en sus manos, suelta el aliento y en ese instante alguien toca la puerta captando su atención. La joven frunce el ceño al oler el aroma de Zero, así que decide no responder. Pero al cabo de unos segundos siente que él se marcha dejando otro aroma impregnado en la puerta que llama su atención, la joven camina hasta la misma y al abrir la puerta para su sorpresa en el suelo yacían los pasteles que dejo tirados en el bosque. —¿Qué? —parpadea varias veces al mirar la cajita que su amiga le dio —. Zero —musita mirando el corredor oscuro y vacío. […] Aquella tarde, Isabel ingresa en el pequeño cafetín donde trabaja. Tenía turno de tarde hasta la noche una vez y era el más pesado y cansado. Pero al menos podía dormir todo el día y descansar, o dentro de lo que cabe. La joven se coloca el delantal en su cintura y mientras que lo ata escucha la campanilla de la entrada que le hace poner los ojos en blanco. Al darse la vuelta ve a su amiga entrar. —¡Nina! —le sonríe al verla que ella le sonríe abiertamente. —Qué bueno que te encuentro de nuevo, pensé que no tenías otro turno de noche. —La otra muchacha se fue, no lo sé, me dijo que ya no podía vivir más en este lugar. Nina no dice nada al respecto, se queda callada ya que sospecha las razones de esa joven por la cual se marchó. Portland estaba lleno de hombres lobos, quizás tuvo la mala suerte de toparte con algunos como pretendientes. Eran pocos los humanos que conocían la verdad que escondía Portland, e Isabel era uno de esos humanos que no sabían nada. —¿Qué te trae por aquí? Si sigues comiendo de mis dulces engordaras, Nina. —¡Lo dudo! —ella sonríe para luego bajar la mirada a la vitrina de vidrio —. Me llevare los mismos de siempre. —Como quieras —mientras Isabel se los sirve, la joven la mira fijamente. —Isabel, ¿quieres ir a mi casa después del trabajo? La joven castaña alza la mirada para ver a su amiga fijamente antes de entregarle la caja con los dulces, parpadea varias veces y se pregunta ¿de dónde había salido esa propuesta tan extraña? Nina era reservada, en todos los años que llevaban conociéndose nunca le propuso nada igual. —¿Estás hablando en serio? —le entrega la caja con cautela. —Si, después del trabajo, te invito a cenar. —Pero, nunca hiciste nada igual. —No quiero cenar sola. Isabel se siente mal por esa chica, tenía su misma edad y estaba sola al igual que ella. Sabía bien como se sentía. —De acuerdo. —Vendré por ti, hasta entonces —la castaña observa a su amiga salir del café y niega. —No deberías de juntarte tanto con esa chica—la voz de su jefe provoca que frunza el ceño. —¿Por qué no? —lo mira de reojo. —Es muy problemática, solo te traerá problemas. Y si por esos problemas faltas al trabajo, te despediré. Nina se queda con la boca abierta al escuchar a su jefe hablar, luego mira la puerta y puede ver atreves del cristal a su amiga alejarse tranquila. […] En cuanto su turno termina, las luces del café se apagan y su jefe se marcha sin decir una sola palabra, típico de ese sujeto tan ermitaño. Isabel se abriga bien ya que hace frio, sopla sus manos carentes de guantes mientras que mira hacia ambos lados y no ve a su amiga por ninguna parte, comenzaba a cansarse de esperar y ya estaba pensando en regresar a casa. —¡Booooo! —pero Nina aparece a sus espaldas saltando de alegría, pero solo le causo pavor a la castaña quien moría de frio. —¿Dónde has estado metida? —pero si acaban de cerrar la tienda, estaba viendo todo. —pensé que no venias. —Bueno, pero ya estoy aquí, ahora vamos a casa. Su amiga la coje de la mano y ambas emprenden el camino a casa de Nina, Isabel observa el camino a recorrer y se fija que comenzaban a alejarse del pueblo, mira hacia atrás mientras que mete sus manos en los bolsillos. —¿Vives en las residencias del bosque? —¿Bosque? Así le dice la gente —ella se ríe mientras que gira un poco el cuerpo—. por aquí hay muchas residencias, algunas personas les gusta vivir lejos del bullicio. Isabel sabía que los que vivían por esa zona eran personas adineradas que poseían grandes mansiones metidas en el bosque, pero con bastos terrenos. Ambas caminan por la carretera por la cual no transitaba nadie, Isabel mira a su amiga y se percata de que no llevaba abrigo y con el frio que hacía. Eso sí que era extraño. —¿te has escapado de nuevo? —Digamos que sí, no soporto estar encerrada en casa. —¿No te metes en problemas cuando haces eso? La pelinegra se queda callada al recordar lo que pasó la noche anterior, pero sabía que esa noche todo iba a estar tranquilo ya que Leandro estaba mal herido y no la volvería a molestar al menos por un par de días. —Esta noche estaré bien —el aroma de Zero no estaba por los alrededores, lo que indicaba que había regresado a Boston con su tío. —¿Por qué estas tan segura? —Quien me cuida se ha ido a la ciudad. Isabel parpadea y luego baja la mirada, pero justo en ese instante su cuerpo choca contra la espalda de su amiga que la lleva a alzar la mirada. —¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes? ¿hemos llegado? —Isabel mira hacia todos lados y solo ve la carretera y el bosque por ambos lados. —No es eso…






