El desconcierto reinó por algunos segundos, Priscila se sintió realmente aturdida con aquella respuesta de labios de su amante, ella se incorporó y bajó del escritorio.
—Lo siento, mi amor.
—No te preocupes, Gari. No pasa nada —dijo. El pelirrubio notó la decepción y el enojo en su rostro.
Él la abrazó, estrechando su cuerpo contra el suyo, tratando de olvidar sus preocupaciones, Priscila no era la culpable de lo que le estaba pasando. Ella, en cambio comenzó a llenarse de dudas, quizás Ga