El silbido de la tetera fue lo único que rompió el sepulcral silencio que quedó en la cocina. Annie apagó el fuego mecánicamente, pero no se sirvió el té. Las palabras de Victoria seguían rebotando en su mente, golpeando cada una de sus inseguridades con la fuerza de un mazo.
¿Vas a mirarme a los ojos y decirme que ya no lo amas?
Annie se apoyó contra la encimera y cerró los ojos, dejando escapar un suspiro tembloroso. No. No podía decirlo. Mentirle a su madre era una