Quince estúpidos minutos.
Ese fue el tiempo que tardó Holden en llegar al hospital, pero cada segundo se sintió como una eternidad teniendo la mirada de triunfo de Amira encima como un halcón.
Y cuando lo vi aparecer en la puerta del cafetín, no había rastro alguno del hombre preocupado que estaba acostumbrada a ver. Sus ojos, verdes y chispeantes, estaban en completa alerta, escaneando la escena frente a él:
A Amira sonriendo como un gato jugando con su presa, a August visiblemente incómodo, y