Pero cuando el taxi se detuvo frente al restaurante lujoso, con sus luces amarillas y cálidas y su ambiente íntimo, Freya sintió que el miedo crecía dentro de ella.
Pagó al taxista y se quedó frente a la puerta del restaurante con la respiración pesada, como si estuviera caminando hacia un campo de batalla y no solo a una cena con la prometida de su jefe.
Respiró hondo, se armó de valor y entró.
Dentro, Karina ya estaba sentada en una mesa junto a la ventana, con una copa de vino en la mano. Son