Central Park se sentía tan tranquilo esa mañana. Los árboles comenzaban a tornarse naranjas y dorados, y la luz cálida del sol otoñal bañaba los senderos entre las hojas caídas. Freya caminaba junto a Edgar, con las manos aún entrelazadas, y por primera vez en semanas sintió un poco de paz en su pecho.
Edgar se veía más relajado de lo habitual, sin el portátil ni el teléfono siempre colgando de sus manos. La miró con una mirada llena de calidez y gratitud.
—Deberíamos hacer esto más a menudo —d