229. ACECHANDO EN LA OSCURIDAD
SIGRID
—Por supuesto, su señoría, si me acompaña en el trayecto a la mansión, la verdad es que estoy algo enojada todavía —le respondí siguiendo todos estos tontos protocolos.
Me ayudó a subir, a los ojos de los demás, parecía un acto cordial, solo una disculpa.
La puerta se cerró, la cortinilla se bajó y el carruaje emprendió camino colina arriba, hasta los terrenos de la mansión.
En cuanto estuvimos sin testigos, el ambiente afable, se volvió hostil y frío.
—Yo fui quien envió la misiva per