En el momento en que Abital pisó tierra de Silverwood,
el bosque quedó en silencio.
Sin pájaros. Sin viento. Nada.
Como si el territorio mismo la reconociera.
O la temiera.
Los guardias de Silverwood estacionados cerca de la frontera se quedaron helados en cuanto vieron a los guerreros de Piedrasangre emergiendo entre los árboles.
El terror se extendió por sus rostros al instante.
Porque los licántropos no viajaban en grupos a menos que la guerra los siguiera.
Y liderándolos,
estaba el propio R