Fuera de la Cueva de los Ecos, el viento se había vuelto violento.
La nieve azotaba los acantilados de la montaña mientras Uriel permanecía inmóvil cerca de la entrada, cada músculo de su cuerpo rígido por la contención.
Demasiado tiempo.
Hacía demasiado tiempo que ella estaba dentro.
—Sigue viva.
La voz de la Anciana Maren permanecía tranquila a su lado, pero no hizo nada para calmar la furia que se arañaba bajo su piel.
Los ojos de Uriel no se apartaron de la cueva.
—No lo sabes.
—Sentiría su