La cueva no me dejaba respirar.
Eso fue lo primero que comprendí.
No literalmente.
Sino emocionalmente.
Cada recuerdo presionaba contra mi pecho con tanta fuerza que parecía imposible pensar.
Imposible escapar.
La versión rota de mí misma aún estaba frente a mí en la oscuridad, pálida y temblorosa con ese vestido blanco desgarrado.
Mirándome.
Esperando.
—Temes que tuvieran razón —susurró.
La cueva repitió sus palabras al instante.
—… razón… razón… razón…
Me tapé los oídos.
—Basta.
Pero la cueva