Los dos salieron desde detrás del gran árbol. Andrea caminaba al frente, Samuel la seguía un paso detrás.
A simple vista, parecían completos desconocidos, sin ningún tipo de vínculo. Pero cualquiera con sentidos más agudos—especialmente los lobos—podría notar el sutil ritmo entre ellos.
Cuando ella aceleraba, él se ajustaba.
Cuando ella reducía el paso, él la seguía.
Siempre había exactamente un paso de distancia entre ellos.
Ni demasiado cerca.
Ni demasiado lejos.
Una distancia que se sentía…