Ella conocía bien a Alex. No era solo el guardaespaldas de Samuel; también era su amigo y uno de los guerreros de mayor confianza en su círculo.
A Alex le encantaban las gabardinas. Negras o blancas, cualquiera le quedaba increíble. Alto, de hombros anchos, se movía con una confianza natural, como alguien que hubiera salido directamente de una película de acción. Bajo su exterior tranquilo se percibía la alerta silenciosa de un experimentado luchador de la manada.
Fiel a su estilo, no dijo una